Ocurrió de noche. Llevaba una eternidad lloviendo. Apenas había luna. Pero todo en la calle brillaba como si fuese nuevo. El hombre tocó el freno hasta el fondo nada más verlo. Y le salió un grito de espanto para él desconocido. Un pequeño montículo se había levantado en el suelo delante de las luces de su vehículo y, de entre las partículas de suelo desmembradas, surgió aquella cosa extraña, verdiblanca, lechosa, aparentemente frágil y amenazadora. De pronto, la noche se pobló de Agentes de seguridad, de operarios públicos, de Servicios Especiales de investigación, de cámaras, de reporteros, y una masa informe de curiosos que, según despuntaba el día, iba creciendo desordenadamente en progresión geométrica. Cercaron con cintas rojas y blancas el perímetro de seguridad al principio y, con vallas translúcidas contrainpactos, más tarde. Y apostaron una división de Acción Inmediata con todos sus cachivaches bélicos. Los días pasaban y aquella cosa cambiaba de formas, si antes eran alargadas y sin aristas, ahora se tornaban en puntas cada vez más agresivas, y se multiplicaban y se ampliaba sus elementos y se fundían los colores del verde oscuro al morado, o del morado al blanco, o del blanco al verde claro, o del verde claro al negro casi charol, y hasta al amarillo. Un poco más allá llevaban más de veinte días reunidos los sabios del mundo en una especie de conferencia intermundial. A veces salían de sus salones y se acercaban a la cosa, otras, visionaban videos a distintas velocidades, consultaban las bibliotecas, diseccionaban partes extraídas de la cosa, o sencillamente recurrían al mito y a las profecías de Nostradamus. Uno de los sabios escuchó a uno de los miles de curiosos que se arremolinaban tras las vallas de protección: ¿la cosa habla? He ahí la respuesta, se dijo. Es probable que la cosa nos esté hablando y no sepamos dar con el método adecuado de comunicación. Hicieron venir al mejor grupo de descriptólogos del mundo. Los descriptólogos le instalaron a la cosa sus “Sensores de Percepción”. Y de pronto, algo entre dos grupos de ondas tridimensionales, parecido a una voz desde más allá del universo conocido, se abrió paso e hizo retumbar las paredes del auditorio donde estaban reunidos los sabios: ¡dejadme ver el sol, hostias, sólo soy una berenjena!
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