Las raíces. Es ahí donde
comienza a transitar la vida en nuestra huerta. Como vasos comunicantes, como
un mar de ríos devolviendo el agua a su origen, como el entramado de las ramas
de la hiedra. Un laberinto de organismos vivos con formas de ideas, de sueños, de
objetivos compartidos en familia.
Por eso iniciamos nuestra
huerta en un lugar emblemático, la Vega del Jarama, a la sombra de Aranjuez, plantando estos dos árboles : el Madroño y el Alcornoque. El Alcornoque es un árbol de hoja
perenne, como nosotros, e incombustible, recio y antiguo, tanto que ha diseñado
una protección de corcho que le mantiene al margen de glaciaciones e incendios
a lo largo de la historia de la flora de nuestro planeta.
Y qué decir de este otro, el Madroño. Tan perenne como las hojas del
alcornoque. En apariencia frágil. Pero que, mientras los demás duermen,
continúa elaborando la flor y el fruto, en silencio, el de la tierra que
espera, sin que el frío, o el hielo del norte por muy siberiano que sea lo asole,
lo limite, lo rompa, o lo doblegue; permaneciendo fiel a todo aquello para lo que se comprometió el día en
que lo plantamos.
Ellos dos son el alma de
nuestra tierra y la expresión firme de los sueños alimentados a través de
nuestras raíces y del placer que nos proporciona colaborar en el gozo de
vuestros paladares.